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Opinión

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A siete años de la desaparición de Julio López

Entre penas y alegrías no quería olvidar temas emblemáticos mientras en las calles solo se murmuran cuestiones políticas que saturan nuestros oídos.
Horacio Beascochea
Por Horacio Beascochea

El se puso su boina azul como lo hacía habitualmente. Una campera bordó y unos zapatos que uso en cada una de las audiencias, sin importar si hacía frío o calor. Ese días quiso llevar ese viejo pulóver amarillo que lo acompañó cuando le secuestraron en 1976 para que los jueces pudieran comprobar que podía ver a través de los tejidos, pero le dijeron que no hacía falta. El salón dorado de la Municipalidad de la Plata estaba repleto y él estaba contento porque sus hijos Rubén, el mayor, y Gustavo, el menor, lo habían acompañado.

Aquel 28 de junio del 2006, los jueces, rechazaron un recurso contra la decisión que revocó la prisión domiciliaria del ex comisario Etchecolatz por considerarlo improcedente, por lo que el represor debía continuar en la cárcel de Marcos Paz. Estoy hablando del juicio de Jorge Julio López. El no era un testigo más. No solo sobrevivió a los campos de concentración sino que, a los 77 años, asumió la responsabilidad de presentarse como querellante que se le seguía a Miguel Osvaldo Etchecolatz por su responsabilidad en los secuestros, las torturas y las desapariciones en los al menos 29 campos clandestinos de detención hasta ahora conocidos en la provincia de Buenos Aires en la última dictadura militar.

Han pasado siete años y creo que no es conveniente alejar de nuestra memoria a esta persona que si bien no la conocí personalmente siento un gran respeto por su valentía. Creo que sería una falta muy grave de parte de mi persona si no le dedicara aunque sea unas líneas a la persona que nos abrió el camino en tiempos de democracia de que sí podemos hablar y denunciar lo que nos ha sucedido. Julio López es el primer desaparecido en tiempos de democracia, como si fuera un mensaje mafioso de lo que no tendríamos que hacer y mostrando que todavía se pueden manejar con total impunidad, si alguien abre la boca, desde la clandestinidad.

Hugo, el sobrino al que les hacía sus confidencias, lo pasó a buscar en su camioneta F-100. Gustavo, que recién se había separado y que pasaba una temporada en la casa de su infancia, fue con ellos, Rubén y su esposa, Koqui, lo esperaron en el centro, por donde los pasaron a buscar bien temprano. Ella tenía que ir al médico, por lo que sólo los hijos y el sobrino entraron a la sala a escucharlo. Los sobrinos se sentaron juntos. Ya había declarado Nilda Eloy, Oscar Solís, Adolfo Paz, Horacio Masoto y otros testigos más que vivieron esa época del calvario. Fue una jornada especial en todo sentido. Julio habló una hora y veinte minutos.

Adriana que había encabezado el trabajo de recopilación de datos sobre ocho de los centros clandestinos dependientes de la policía de Buenos Aires que integraron el “Circuito Camps”, recordó a cada una de las mujeres con las que compartió su detención, evocó partos de sus compañeras y relato su propio parto en cautiverio mientras Julio López esperaba en una silla su turno para dar su declaración. En un momento se levantó, saludó a algunos de sus compañeros que se encontraban en la sala y con el orgullo de ver a su familia que lo estaba mirando, sin imaginarse que las mentes perversas estaban ultimando su destino, caminó hacia el banquito donde relataría todo lo que le había sucedido por solo pensar de un modo diferente.

Ante los jueces no solo contó como habían sido asesinados sus compañeros de la Unidad Básica de los Hornos sino que describió a la perfección cómo eran los campos clandestinos por los que pasó por 160 días, entre el 27 de Octubre de 1976 al 4 de Abril de 1977, cuando fue legalizado y trasladado a la Unidad 9, donde estuvo 812 días, hasta el 25 de Junio de 1979, sino que se reivindicó como un ser político. Para su familia escuchar lo que había pasado fue como un balde de agua fría, pues nunca les había contado con tanta crudeza lo que tuvo que vivir y después de hablar solo se escuchó ese silencio que ensordece nuestras cabezas. Él había sobrevivido, estaba para contarlo y para que los malos de una vez por todas fueran al lugar donde deberían estar. Yo recuerdo que se me erizaba la piel y por otro lado sentía un gran orgullo por el valor de tener entre nosotros alguien que pudiera dar tal testimonio de una época tan nefasta.

Los días fueron pasando y ex comisario Etchecolatz fue condenado y la crueldad y la miseria no se hizo esperar. Julio debe de haber pensado ”la locura de ese infierno ya es cosa pasada, tengo que disfrutar de los días que me quedan con mi familia. Los malos ya están en la cárcel”. Ese fin de semana se dirigió a comprar quizás la picadita con la cual iría a compartir con sus amigos haciendo la previa para el asadito y ver los clásicos del fútbol, pero el fantasma del pasado apareció en su vida y en las personas que lo deben haber visto por última vez… y desapareció. El gobierno no se encargó de darle protección a la persona que de alguna forma nos representaba a los vivos y a los muertos que no tienen voz. A los vivos que todavía sufren ese miedo de no decir y denunciar los flagelos del pasado y a los muertos o desaparecidos por el solo hecho de no pensar de una forma lineal como quisieran los que estuvieron en el poder.

La inmediatez de la información siempre nos llevan a desviar nuestra mirada pero tiene que haber un momento donde tenemos que para la pelota para poder recordar y armarnos de valor como lo hizo este hombre. Quizás nunca dimensionó lo que le iba a pasar o quizás lo tenía dentro de sus posibilidades. Ya han pasado siete años y no sé si algún día lo sabremos pero solo por el respeto de aquellos que dieron su vida por un ideal deberíamos de tratar de no ser tan débiles en nuestra personalidad y expresar lo que sentimos y si de alguna manera no estamos de acuerdo con lo que nos ofrece el sistema.

En este caso yo soy un eterno agradecido porque estas palabras les puedan llegar por este medio que me ha permitido expresarme por casi dos años sin censuras en lo que escribo. Yo sé que mis expresiones pueden ser limitadas y que no soy un catedrático pero esta dirección me las ha sabido soportar y creo que por ese simple gesto tiene muy bien merecido el que se los nominaran para el premio del “Lanín de Oro”. Mis felicitaciones Darío y para todos tus colaboradores por tu generosidad, por ver la veta en el carbón y porque sigas creciendo dando lugar a la libertad de expresión.

Un servidor Charly Hernández

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