Por Horacio Beascochea
Arribar a Rincón de los Sauces en la actualidad es encontrarse con una localidad que sigue creciendo, según lo han demostrado los datos del Censo 2010 y que cuenta con 20.002 habitantes, tal fuera anunciado por el gobernador de la provincia, Jorge Sapag.
No obstante, ¿Cómo era Rincón antes de ser ciudad? Quizás ésta pregunta pueda dilucidarse si recorremos un poco los testimonios de antiguos pobladores, que nos pueden dar un panorama sobre los primeros años, momentos previos a la explosión demográfica que se dio con el descubrimiento de crudo.
“Mi padre, Luis Antonio Tapia, llegó a la zona en 1936”, nos contó en una oportunidad su hijo Juan Silverio. “Siempre fue mercachifle y vendía de todo un poco, compraba cueros de avestruces, vendía cerdas (cola de caballo) y tenía un boliche de ramos generales”.
Luis Antonio sostenía que en la zona había pobladores que estaban preferentemente asentados en la zona de la costa, a la vera del río, y que vivían del pastoreo de animales, proveyéndose de mercaderías justamente con mercachifles o bien trasladándose a otras localidades como Buta Ranquil.
Otro testimonio más que interesante es el de Normanda Lara, quien nació en 1951 en la zona, cuando todos eran puestos y la única compañía de los pobladores era el viento.
“Mi padre contaba que aquí todas eran estancias. Él había nacido en 1914, fecha de la recordada inundación que arrasara con personas y animales y muchos familiares suyos murieron en ese tiempo, además de perder toda la hacienda”.
“Norma”, como le dicen todos, nació en la casa de sus padres, quienes siempre tuvieron sus tierras en zonas aledañas a la costa, en el actual barrio privado de Repsol YPF. “Mi familia siempre vivió al lado de Cano, quien era primo hermano con mi papá. Muchos de nuestros familiares se fueron luego de la crecida pero mi papá se quedó y siguió con sus animales. Él siempre vivió de su capital”, dice.
Cuenta Norma que cuando era chica toda la zona del barrio petrolero era campo. “Sólo se encontraba nuestra casa, otra a un kilómetro y un puesto más lejano, el de los Tapia”.
Según esta mujer, donde está actualmente el barrio de YPF se plantaba maíz, alfalfa y se dejaban los animales. Cuando llegó la petrolera, le pidieron permiso a una tía, que estaba en la orilla del río, “para ver si podían usar unas sombras muy lindas para poner unos trailers”. Ella les dijo que sí y cuando llegó la sismográfica, a realizar los primeros estudios para corroborar la existencia de petróleo “se fueron quedando”.
Lara al igual que Cano afirman que el personal de la petrolera estatal YPF se fue metiendo y tomando la tierra para el lado donde estaba su padre y fueron ocupando el lugar, hasta que un día tuvo que llevar los animales a otro puesto, a unos 20 kilómetros fuera de Rincón.
Según las autoridades de YPF, los terrenos eran fiscales pero Normanda Lara asegura que eran de su familia y lo fueron desde siempre, pero que, lamentablemente, sus ancestros perdieron los papeles que acreditaban su propiedad.
Normanda nos cuenta que vivía en una casa de adobe y recuerda que su padre le contó que plantó un duraznero el día que ella nació, el cual sigue vivo, frente a la casa donde naciera y vivía su abuela, hasta hace pocos años.
Para Donatila del Carmen Veloso, la zona de la costa estaba llena de “casuchas” con techos de chapa que era sacada de los barriles que se conseguían entonces, se sostenían en troncos y las paredes eran de madera. “En invierno sufríamos mucho el frío y nos calentábamos con brasas y, donde está hoy la ciudad, solo había médanos”.
De estos relatos puede desprenderse que todos los que llegaban a Rincón a fines de los sesenta, lo hacían por una huella por la costa del río y se afincaban en esa zona.
El viento parece ser otro de los elementos preponderantes de aquellos años y de él dan cuenta varios testimonios: desde Raúl Torrecilla quien relató que le volteó tres veces seguidas la construcción de un tapial, hasta Carlos Parada quien sostuvo que la arena lo tapaba todo.
Bartolomé Hernández es otro de los que afirman que en la zona volaba mucha tierra y da su parecer sobre esos primeros años: “Llegué en 1971 y sólo estaba el campamento de YPF y varios ranchitos hechos de chapa y de tambores”.
Hernández también cuenta que en ese año 71 las máquinas de la petrolera estatal se encontraban en donde ahora se encuentra el hospital y que en esa zona había unos inmensos algarrobales.
“El primero que hizo su casita de adobe fue Lito Cortéz, donde ahora está el banco, esa fue la primera casa. La segunda fue la de Don Palomo, en la calle Salta, la tercera la de Doña Orfelina Castillo, una casa de ladrillo pegada con barro. La cuarta casa fue la de Doña Luqui y la quinta la de Cañupán. Pedro Sánchez vivía dentro del campamento de YPF”.
Para la inauguración del pueblo Bartolomé asegura que se carnearon dos vaquillonas y que él y otros integrantes de la cocina ordenaron las mesas y la vajilla que había mandado a traer la gente de YPF en un avión. “El acto se hizo en la plaza y luego vinieron a comer debajo de un gran sauce llorón, en la casa del abuelo “Lucho” Tapia”.
“A nosotros la inauguración del pueblo nos agarró trabajando. Se hizo un gran asado y la comida que sobró, que fue mucha, se la dieron a la gente que vivía en la zona”.
Por otra parte, Máximo Aldo Cisterna, el encargado de Agua y Energía nombrado por Pedro Sánchez, también tiene en su memoria a los ventarrones como una característica preponderante en Rincón de los Sauces. Incluso Hugo Santana, quien arribó a Rincón en enero de 1971, recuerda un tornado en el año 1974 que arrasó con la casa del médico, lindante al hospital.
Además del viento y las condiciones inhóspitas de aquellos primeros años varios testigos dan fe de la proliferación de alimañas. El mismo Cisterna sostiene que había muchísimas culebras, arañas y alacranes, que asustaban a más de un distraído.
“En esos primeros tiempos había faltante de todo. A veces, había días enteros en que se cortaba el teléfono y era común ver a los alacranes y arañas deambular por las paredes”, recordó Carlos Parada.
“Al principio esto no era nada. Estaba la plaza, la escuela muy pequeñita, la comisaría de madera, lo mismo que el hospital y el juzgado, y dos planes de viviendas pequeños, ahí se terminaba todo, daba escalofríos, el pueblito”, agregó.
Pese a todo, así fue formándose un nuevo pueblo. Con contratiempos y adversidades, con ilusiones y el empuje de los que recién llegaban a una zona en la que la extracción de petróleo cambiaría para siempre el perfil productivo de la región.
Quizás por eso a nadie extrañe el temple de los que habitan esta ciudad con tantas carencias. Lo traen consigo, desde sus orígenes, porque sigue siendo una premisa eso de hacer pie en el desierto.
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