Recién se había iniciado el año 1977 cuando Bartolomé se casa con Jilma Rosa Moya, el 27 de febrero. Su primera descendencia fue una niña a la que llamó Viviana y nació el 16 de diciembre de 1977. Los tres vivieron felices durante unos cinco años hasta que una tragedia golpeó el corazón de la familia Hernández.
“Cuando pasaron cinco años / nació mi varoncito / éste era el más chiquito / que nos llenó de felicidad / pero ya quedó atrás / porque nos quedamos solitos”, escribe en su libro “Relatos y versos de un nequino”, cuando cuenta aquel 20 de enero de 1983 en que naciera su segundo hijo, Jorge Luis y a los pocos días falleciera su mujer en Plaza Huincul, por complicaciones en el parto.
“Me quedé con el nene recién nacido y una hija de 5 años. Me acuerdo que ella dio a luz a las 6 de la mañana, a las 7 tuvo familia y a las 10 la fueron a llevar de nuevo a mi casa, porque ella estaba bien. Se puso a hacer pan casero en el horno de barro y a lavar. Tenía todo limpito. Pero después tuvo una recaída y tuvimos que traerla al hospital”.
“Al cuarto día la derivamos a Plaza Huincul y los médicos diagnosticaron que había que operarla, ya que la infección que tenia, se le había pasado a la sangre. Me dijeron que había sido un sobreparto”.
Don Bartolomé cuenta emocionado que se habían conocido en los puestos del Payún, en Mendoza y que Jilma tenía 17 años y él 25. “Nos conocimos en Puesto Cortéz, recuerda con su memoria prodigiosa.
“Yo estuve luego un año y medio solo, después me casé de nuevo”. Hace una pausa y agrega: “es preferible que muera el padre y no la madre, porque ella sabe cuando un hijo está enfermo, qué es lo que tiene que brindarle. Al principio, yo vivía en la costa, dejaba a mi hija más chiquita con mi hermana y me iba a trabajar a turno cortado”.
Al tiempo del fallecimiento de su primera esposa, Bartolomé conoció a Bristela Carrera, su segunda mujer, con quien tiene 5 hijos.
“La conocí acá en Rincón, después ella se fue a vivir con sus padres a Barrancas y yo la fui a buscar a la cordillera. Nos casamos el 8 de agosto de 1984.
La primera hija de este segundo matrimonio, Rosa Elena, nació el 29 de agosto de 1984, “ya estaba embarazada mi patrona”, aclara. “Me casé porque la empresa pedía que tenía que ser casado para poder tener la obra social, pero ya vivíamos juntos de antes.”
Su segunda hija, Patricia Beatriz, nació el 25 de octubre de 1989, mientras que
Marcelo David lo hizo el 25 de marzo de 1990, Roberto Dimer, el 25 de febrero de 1993 y Gabriela Elizabeth, el 31 de enero, de 1995.
Además, la familia Hernández - Carrera tiene 4 nietos: Karen Noemí Ojeda Hernández, de 10 años; Solange Gianella, de 6; Daniel Paulo, de 4 y Agustina, de 2 años.
Bartolomé cuenta que entre sus hobbies, se encuentra el de escribir. “El tiempo libre que me queda, escribo, incluso en el campo, cuando trabajo. A la hora de comer me subía a la camioneta, con aire acondicionado o calefacción y me ponía a escribir, en cualquier lugar, donde pudiera ver que no hubiera problemas, mirando a las baterías para ver si entraba alguien o no”.
Hernández trabajó mucho tiempo en la ex petrolera estatal YPF y en la actualidad está empleado en Astra, tramitando su probable jubilación. “En Rincón he tenido buenas y malas. He pasado por muchísimas malas, pero las malas son las cosas con que Dios nos prueba a nosotros”.
“Yo nunca renuncié a Dios, ni voy a renunciar nunca. Yo siempre ruego y he tenido tres milagros en mi vida. Tuve uno a los 3 minutos de haberlo pedido, otro a los 15 minutos y el último hace 4 años, a la media hora de rogarlo”.
Don Bartolomé cuenta el primero de sus milagros. “Éramos chicos y con uno de mis hermanos queríamos ver a mi mamá. Yo me puse a rezar bajo una planta para que yo pudiera agarrar una mula e irme en ella, pero era una mula arisca, con pocas ensilladas, entonces fui corriendo por un lado, mi hermano por el otro, la mula vino corriendo y se paró frente a nosotros, de pronto.”
“Yo le puse el cinto que tenia del pantalón y me la llevé hasta el puesto, en el puesto, le acomodamos unos látigos, un aparejo y nos fuimos con ese animal a ver un cura misionero. Llegamos hasta ahí y dejamos la burrita atada a un palenque, que se asustó y se fue, pero ya estábamos muy cerca de nuestra madre”, asegura.
El segundo de los milagros ocurrió cuando la madre de Hernández estaba gravemente enferma y según una curandera no sobreviviría más de un mes. “Yo empecé a rezar y me fui corriendo por un camino. En el camino me encontré con un caballo y me fui a ver una viejita que era curandera. Ella arregló su recado y montura y la pusimos en ese caballo. La abuelita me decía que no me asustara, que iba a estar bien, y cuando llegué a casa, mi vieja estaba tomando mate, eso me sucedió 15 minutos después de haber rezado”, cuenta con seriedad.
El último de los milagros le ocurrió a Bartolomé en su rancho, como dice él. “Yo la curé a mi vieja de un quiste canceroso, hace 21 años. Según los médicos de Neuquén, no se podía hacer nada y me la entregaron a mamá. Pero yo la curé con un medicamento brujo”.
Según Bartolomé, curó a su madre con un sapo y recién está revelando este secreto al cronista, ya que debían transcurrir por lo menos 5 años para poder revelarlo y ya han pasado más de 21. “Ella tenía un dolor muy punzante y Landete me dijo si me animaba curarla con un sapo. Decime a qué hora se lo ponés y yo hago las oraciones, me dijo”.
“Entonces me dio el sapo y yo tenía que decir las oraciones a Santa Trinidad. Tres veces, tenía que pasar el sapo en cruz por dónde esta el dolor y después colgarlo de la pata de la cama hasta que se muriera, para luego tirarlo en un lugar donde nunca más lo vea, ni por donde pasara nadie”.
Bartolomé le aplicó el remedio y el sapo murió poco después del mediodía del día siguiente. “Al otro día, a las siete de la mañana, mi vieja no estaba en la cama, estaba tomando mate y se fue a su casa. A los 4 meses le hicieron unos estudios en Neuquén y no podían creer que se había curado. Yo no podía decirles con qué se curó, pero te aseguro que el sapo puede matar hasta el cáncer mas grande, pero se tiene que hacer con fe y con las palabras exactas”.
Don Hernández tiene en su haber un sinnúmero de anécdotas y entre tantas recuerda cuando trabajaba en perforación y subía a las torres de petróleo sin cinto. “Antes se andaba así nomás, se bajaba con el salvavidas o salvahombre, un cable que va afuera en la locación, que viene con un riel con un freno y una pesa abajo. Cuando usted se larga por ese cable, por el otro va la pesa hacia arriba y cuando llega abajo, usted se saca el cinto y lo larga. El va para arriba y el contrapeso baja. El cinto siempre queda arriba, por si tiene que usarlo otro operario”.
De la actualidad recuerda cuando le regaló un libro a Cristina Fernández. “Yo no entiendo mucho de política, pero para mí, el gobierno de Cristina ha sido uno de los mejores gobiernos. Se ha utilizado muchísima plata para los pobres. Por ejemplo, yo tengo mi vieja que es jubilada por edad y en el campo hay muchas puesteras que quedaron solas y yo siempre me preguntaba: ¿Quién se va hacer cargo de esta gente, cuando sus hijos no puedan?”
“Y un día, yendo a la cordillera, me encontré con una señora en un burrito y le pregunté adónde iba. Me dijo que iba a cobrar. Por fin un gobierno que se encarga de ellos, de la gente ya cumplió la edad y que no puede trabajar”.
Más allá de la escritura, Don Bartolomé cuenta con otros hobbies: “Me gusta pescar, escuchar a las cantoras del campo y además estoy preparando mi nuevo libro”.
Para poder solventar los costos de la nueva obra que ya tiene escrita, Bartolomé utiliza el dinero de la venta de los ejemplares de “Relatos y versos de un neuquino”, su primer libro que fuera editado en Buenos Aires, en septiembre de 2008 por la casa “Eduardo Neyra & Asociados”.
“Hay que darle más importancia a la gente de la cultura, me parece que entre todos nosotros, enriqueceríamos al pueblo, a la ciudad. Mis libros son parte de la historia de Rincón y parte mía”, agrega.
En cuanto al futuro de Rincón, Bartolomé dice que lo sueña como un pueblo grande. “Ya lo veo grande pero mi pensamiento antes de morirme, es verlo asfaltado, si pudiera completo, pero sino por lo menos el centro, que haya buenas escuelas, buenos estudios para los chicos y que no ingrese la droga”.
“Yo a los pibes míos los aconsejo tanto y, gracias a Dios, han agarrado el camino bueno. Ojalá que este Rincón sea una ciudad inmensa y que haya trabajo para todos”, concluye este hombre sencillo, amante de las tradiciones y costumbres argentinas.
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