Don Bartolomé Hernández, referente cultural ineludible de Rincón de los Sauces, nació en Batra Lauquen, departamento Pehuenches, al norte de la provincia de Neuquén, el 24 de agosto de 1951.
Cuenta con 58 años, es hincha fanático de Boca y muestra con orgullo la libreta de enrolamiento, “la que tiene los dos himnos nacionales argentinos, el más largo y el que luego se modifico, el que cantamos ahora”, dice.
De familia de puesteros, Bartolomé afirma que desde chico tuvo inquietudes para escribir pero que nunca fue a la escuela. “Yo escribí toda mi vida y vengo de familia muy humilde, como nací y me crié en la cordillera, nunca fui a la escuela, todo lo aprendí en el campo. Mis viejos me enseñaron lo poco que aprendieron, mi mama había ido hasta segundo grado y mi papá hasta tercero”.
Sus padres fueron don Héctor Egidio Hernández y Leonilda Rosa Castro, quien todavía vive. La familia vivió sus primeros años en el paraje de Batra Lauquen, a 7 kilólmetros de Barrancas. “Yo nací detrás del Cerro Bayo, es un lugar en donde hay un arroyo, una vertiente y unos diez puestos con su alfalfa y potreros para el invierno”, aclara Bartolomé.
Don Hernández cuenta que estuvo en esa zona hasta los 6 años, hasta que sus padres se compraron otro puesto en la cordillera, en la zona de Piedra Parada, un sitio ubicado casi en el nacimiento del río Barrancas. “El río nace de la Laguna Negra y la Fea, el agua caliente sale de abajo del cerro”, dice Bartolomé.
Allí, en el campo, aprendió a leer y escribir y descubrió que le encantaba contar historias. “También me enseñó la gente que pasaba por el campo a comprar a los animales. Ellos me deletreaban las letras”, recuerda.
“Aprendí a escribir en papel madera, en papel harinero y con carbón. Después ya pude comprar cuadernos y una goma de borrar, una goma blanca”. Hernández dice que conoció los lápices de colores cuando tenia 17 años en el año 1968, “cuando mis hermanos iban a la escuela y a mí me tocaba llevarlos internados al colegio. Se iban los tres meses de verano”, asegura. “Ahí, cuando ellos llegaban, que bonitos que encontraba los lapicitos de colores”.
Bartolomé Hernández estuvo en la cordillera trabajando con su familia hasta los 19 años. “Arriábamos animales y cuando tenía tiempo, escribía versos, como el Martín Fierro”.
“Yo en el campo escribí muchos cuadernos. En un baúl quedaron unos 50, yo escribía y escribía, cuidaba los animales y a la hora que yo llegaba, seguía escribiendo. Muchas partes que yo escribí, las escucho ahora en las cantoras”, dice con orgullo.
Hernández recuerda cuando en invierno se calefaccionaba con brasa de coliguay. “Es un yuyo que nunca pierde la hoja y un brasero de una carretillada, te duraba unos dos días”.
“En el campo, yo calcaba las letras tal cual las veía. Me acuerdo mucho de un libro de primer grado, chileno, Campanita. En aquellos tiempos se escribían muchas postales a gente que no conocías. Por ejemplo, con una chica de Chile, de 22 años, intercambiábamos muchísimas postales. Ahora eso se ha perdido y todo es por Internet”, afirma.
Don Bartolomé tiene un gran recuerdo por su abuelo Bernardo. “Era un hombre muy querido por la gente, él caminaba desde Junín a Neuquén a caballo. También comerciaba ovejas con Chile, traía el cara negra desde allá y lo cambiaba por el que se vendía en Junín, que se llamaba el caracul”.
A los 19 años Hernández comenzó a transitar por la zona de Rincón de los Sauces. “Vinimos con un viejito que se llamaba Bernardino Vásquez, él nos dijo que había mucho trabajo acá”. Un día, Bartolomé le anunció a su padre que quería dejar su hogar y venir a trabajar a esta zona. “Salí de mi casa el 18 de mayo y llegué el 29 de mayo de 1971, a bordo de un camión”.
“Comencé a trabajar el mismo día en que llegué. Tardamos mucho porque veníamos arriando animales hasta Buta Ranquil. Llegamos a Rincón con dos amigos, Vásquez y Campos, y acá no había nada. Sólo estaba el campamento de YPF y ranchitos hechos de chapa, de tambores”.
Su primer trabajo en la zona fue el de realizar el tendido de la línea eléctrica entre Puesto Hernández y Rincón. “En Puesto Hernández había dos tanques de 20000 y había una usina. Al principio los pozos eran a gas oil, y se electrificó para que todo funcionara con electricidad. Así fue hasta que llegó la línea que viene de El Chocón Cerros Colorados con la línea de alta tensión que hizo Sade”.
De aquellos primeros momentos en Rincón, Hernández recuerda el viento. “Acá volaba mucha tierra y las primeras casas que se hicieron eran de adobe.
El trabajo en el tendido eléctrico duró unos dos meses y en julio de 1971, la madre de Bartolomé se enferma y él decide regresar a la cordillera. Vuelve a Rincón a los 20 días y comienza a trabajar en los almacenes de YPF, descargando bolsas.
“Ahí trabajaba de 8 a 12 de la mañana, luego iba al comedor de YPF y cuando terminaba de comer, me iba a lavar platos a la cocina, porque acá no había gente para hacer ese trabajo. Luego trabajaba en el lavadero hasta las 4 de la tarde y después mi encargado me traía a dormir, porque a la noche me iba a la planta, a la batería 1 a preparar la emulsión para perforar los pozos”.
“Así trabajé 2 meses. Cobraba 3 sueldos; en almacenes, la cocina y el de la batería. Como no gastaba en nada la plata porque nos daban la comida y la ropa, llegué a guardar 5 sueldos sin tocar un peso”.
Hernández cuenta que con ese dinero se fue a San Rafael, Mendoza, a comprar ropa para todos sus hermanos. “Me traje 3 valijas llenas de ropa, hasta me regalaron las valijas por la compra que había hecho”.
Bartolomé aclara que siempre volvía al menos una vez al mes a la cordillera, a visitar a sus padres. “Yo veo que el comportamiento de uno no es el que tiene la gente hoy en día. Yo me fui de mi casa a los 19 años y le pedí permiso a mi viejo, que me dijo, “te vas a trabajar, nada de rascarse” y eso siempre lo cumplí. A mí me mandaban a buscar algo, e iba corriendo, todavía vivo así. No corras me dicen ahora, pero no puedo, yo ando siempre corriendo y si me siento decaído, paro a descansar”.
Del año 1971 Don Bartolomé se acuerda de doña Mónica, “una mujer que tenía un lugar donde atendían chicas, afuera de YPF. También estaba Doña Miriam, la abuela Miriam, que falleció hace como 3 años. Después estaban Ceferino Jadul con un mercadito y Julio Becaría, quien falleció, también. Un poco después llegó Santiago Peraltas, que vendía ropa y en el año 1973 puso su local. El resto eran ranchitos”.
Hernández cuenta que en ese año 71 las máquinas de la petrolera estatal se encontraban en donde ahora se encuentra el hospital y que en esa zona había unos inmensos algarrobales.
“El primero que hizo su casita de adobe fue Lito Cortéz, donde ahora está el banco ahora, esa fue la primera casa. La segunda fue la de Don Palomo, en la calle Salta, la tercera la de Doña Orfelina Castillo, una casa de ladrillo pegada con barro. La cuarta casa fue la de Doña Luque y la quinta la de Cañupán. Pedro Sánchez vivía dentro del campamento de YPF”.
Para la inauguración del pueblo Bartolomé asegura que se carnearon dos vaquillonas y que él y otros integrantes de la cocina ordenaron las mesas y la vajilla que había mandado a traer la gente de YPF en un avión. “El acto se hizo en la plaza y luego vinieron a comer debajo de un gran sauce llorón, en la casa del abuelo “Lucho” Tapia”.
“A nosotros la inauguración del pueblo nos agarró trabajando. Se hizo un gran asado y la comida que sobró, que fue mucha, se la dieron a la gente que vivía en la zona”.
Hernández cuenta que, durante los primeros años de la fundación del pueblo, se cocinaban unos 50 lechones para el Día del Petróleo Nacional, el 13 de diciembre.
“Eso ocurrió entre el 71 y el 73. Se elegía a la Reina del Petróleo y se traían bebidas caras. Toda la comida y bebida que sobraba se repartía entre la gente del pueblo”.
El baile se realizaba en el comedor de YPF y se preparaba una gran torta. En el año 72 Bartolomé llegó hasta la cocina y se sorprendió del tamaño de la torta para el festejo. “Había una mesa en un rincón del comedor, la torta era mas o menos de 5 metros y alta, unos dos metros”.
Al principio, Hernández pensó que la torta era decorativa y se sorprendió mucho cuando la repartieron en la fiesta del Día del Petróleo. “Era un manjar, era muy especial, nunca comí algo tan rico, tenia todas las frutas que te pudieras imaginar y la cobertura era exquisita”, recuerda.
Aquí termina la primer parte de la historia. Actualmente Bartolomé continúa viviendo en Rincón de los Sauces, donde nos relata como es su vida hasta hoy en día.
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