Carlos Víctor Parada nació el 25 de mayo de 1948 en el paraje Tilhue, cerca de la zona de Chos Malal. Sus padres, José León y Luisa Sepúlveda, eran comerciantes y tenían negocios en la zona de Cortaderas.
Carlos pasó parte de su infancia en la zona de Balsa Huitrín, en el paso del mismo nombre, a unos 60 kilómetros de la ciudad de Chos Malal. Cuando tenían 8 años, su familia se trasladó a Zapala y allí terminó la escuela primaria.
Poco a poco, comienza a ayudar a su padre con el negocio y cuando decide independizarse se transforma en camionero y empieza a realizar viajes periódicos entre Zapala y Chile.
“A bordo de un camión Bedford, viajaba a Chile. Llevábamos repuestos, maquinarias, autos desarmados y volvíamos con maderas desde allá”, cuenta.
Carlos veía que pasaba el tiempo y que no progresaba demasiado como camionero.
Ya se había casado con Susana Isabel Eseisa, una zapalina que había nacido el 20 de diciembre de 1949 y tenían sus dos primeros hijos y percibían que la situación económica no avanzaba demasiado. Fue entonces cuando el hermano de Carlos, que trabajaba para la empresa vial “Río Hondo”, les comentó que lo trasladaban a Rincón de los Sauces.
Por simple curiosidad la familia Parada comenzó a buscar el sitio nombrado en el mapa y se dieron cuenta que ni siquiera existía. “Esa fue la primera vez que escuchamos el nombre de Rincón de los Sauces”, cuenta Carlos.
Dos meses después un amigo de la familia pasa por el negocio del padre de Carlos, “El ciervo rojo”, una conocida casa de venta de máquinas de tejer eléctricas, lanas y casa de regalaría en Zapala, y les cuenta que él ya estaba en Rincón de los Sauces trabajando. Atendía el club de YPF y le iba muy bien.
“Pero vos vas a comprar una canilla y no encontrás, vas a buscar unos clavos y no hay”, le comenta a Carlos. “¿Por qué no te ponés un negocio allá?”, le dice. El comentario quedó ahí hasta que el hermano de Carlos Parada es trasladado a Rincón con la empresa vial “Río Hondo”. Es entonces cuando Carlos, su padre y su hermano, deciden hacer su primer viaje a Rincón de los Sauces, en 1978.
“Esto no era nada”, recuerda Carlos. “Estaba la plaza, la escuela muy pequeñita, la comisaría de madera, lo mismo que el hospital y el juzgado, y dos planes de viviendas pequeños, ahí se terminaba todo, daba escalofríos, el pueblito”, agrega.
Lo concreto es que primero llega a Rincón el hermano de Carlos y luego éste y su padre para poner un comercio. “Nosotros no teníamos nada, sólo el camión Bedford y las ganas de trabajar”, agrega Susana.
“Mi suegro nos ayudó mucho con su capital moral. Como era un señor de renombre, eso nos habría puertas para comprar mercaderías. Una tía nos prestó unos pesos y pusimos nuestro primer negocio”, dice la esposa de Carlos.
Así, a mediados de mayo de 1978, la familia Parada decide instalarse en Rincón de los Sauces. Contaban con 28 y 29 años respectivamente y dos hijos, de 4 (Miriam) y 5 años (Carlos). A estos dos, se les agregó años después León. En la actualidad, Carlos tiene 37 años, Miriam 36 y León 25 y tienen dos nietos: Carla, de 13 años e hija de Carlos, y Tomás de 5, hijo de León, el menor de los Parada.
“Cuando llegamos a Rincón hicimos un salón, dividido la mitad con madera y la casa era la parte de atrás. En una camita cucheta dormíamos los 4, los dos niñitos arriba, nosotros abajo. Al principio contábamos con una cocinita a leña porque no había gas, una heladera a kerosén y estaba todo junto, amontonados. Teníamos una ducha colgada de un tirante, con una manguera y un termotanque a leña. Así empezamos, pero valió la pena”, cuentan Susana y Carlos.
Ese primer año en Rincón de los Sauces fue muy duro para la familia Parada. Encima, la situación política del país estaba complicada y cuando se desató el conflicto con Chile, a fines del mismo año, Carlos quiso abandonar todo y regresar a Zapala.
“Me querían quitar el camión para llevarlo con cargas a la cordillera. Yo me escapé con Susana y los chicos. Escondimos el camión en el Agrio y nos volvimos a Zapala”, cuenta Parada.
“Yo la peleé a muerte agrega Susana y lo convencí para que volviéramos a Rincón. Tenemos que empezar de vuelta, le decía. Hasta que lo convencí”, cuenta con orgullo la esposa de Carlos.
En esos primeros tiempos había faltante de todo. A veces, había días enteros en que se cortaba el teléfono y era común ver a los alacranes y arañas deambular por las paredes.
“Empezamos de nuevo de cero. Para poder llegar hasta acá, demorábamos unas 13 horas con el camión cargado. Veníamos con cemento, cal, maderitas y traíamos algo de comer para los chicos. Fueron años muy duros. Y cuando llegábamos a Rincón, no podíamos salir de acá, sólo a buscar más mercaderías”, dice Carlos.
La familia Parada instaló el corralón y una ferretería, en la calle Yrigoyen y Perón y construyó un salón de 4x10, dividido. En la parte trasera vivía la familia y adelante pusieron el negocio.
“Al principio la pasamos re mal, calor, sin comodidades, era todo médanos y había un viento terrible. Durante muchos años nos privamos de vacaciones. Muchas veces yo me quedaba con los chicos y él volvía a buscar más mercaderías a Zapala. Hay muchísimos recuerdos, algunos lindos, otros feos, pero no nos arrepentimos. Por suerte, nos fue bien”, dice Susana.
La familia Parada, fruto del esfuerzo y el trabajo, prosperó económicamente y se asentó definitivamente en la ciudad, siendo el corralón Parada uno de los más importantes en la actualidad.
Además del trabajo, otra de las pasiones de Carlos son los fierros. “El primer auto que comencé a restaurar fue un Desoto del año 1939, que hice todo nuevo”, cuenta Carlos.
Parada confiesa que es fanático de los autos y que les realiza toda la mecánica, para que el auto quede a nuevo. “Yo restauro las piezas con un torno y si las piezas faltantes son sencillas de hacer, las fabrico yo”, dice.
Poco a poco, casi naturalmente, la pasión por la mecánica se trasladó a la competencia deportiva y Carlos Parada fue quien trajo el primer karting a Rincón de los Sauces. “Con el tiempo se formó un buen parque automotor ya que otros vecinos aceptaron la propuesta y empezamos a hacer competencias”.
“Después hicimos un auto de rally, un Fiat 128, que fue el primero que se hizo en Rincón. Participamos con Miguel Barrios de piloto y yo de copiloto en el último rally largo que se hizo a Chile de la Vuelta de la Manzana. Alcanzamos el quinto puesto entre más de 100 corredores y se hizo una gran fiesta en el pueblo, para festejar”, recuerda Carlos.
“Luego hicimos un Fiat 147 para correr y ahora el Peugeot 206 que corren mis hijos, Carlos y León”, agrega Parada.
Junto con la pasión por los autos crecía la de coleccionar piezas antiguas. “Tengo muchísimas cosas antiguas, una pieza llena de radios, vitrolas, maquinas de escribir y balanzas. La idea es en algún momento transformar este museo privado en algo público”, confiesa Carlos.
Tanto Susana como Carlos, participaron en política en Rincón de los Sauces, a través del Movimiento Popular Neuquino. Carlos Parada fue concejal en la gestión de Gajewski, en 1983, y la de Rodríguez, en 1987, mientras que Susana fue concejal en la gestión de Carlos Macci.
En los 90, la familia Parada comienza a construir el Hotel Milenka, aprovechando que ya tenían el corralón. “Recuerdo que esto era un galpón y en este lugar funcionaba una bailanta”. Como el dueño nos debía mucho dinero, lo compramos y de ahí nació la idea del hotel”, dice Susana.
De aquellos primeros años, Carlos Parada recuerda a Rubilar, a Ramón Jara, a Tito Granollers, Vicente Landete y Raúl Eugeni. “Siempre hacíamos grandes fiestas y nos juntábamos entre todos”, dice. También eran célebres los cumpleaños de Cañupán que sabían durar hasta dos días.
Entre el sinnúmero de anécdotas que tiene la familia Parada luego de 31 años de permanencia en Rincón de los Sauces, Carlos no puede olvidarse de “los vientos y el medanal. Había muchos cardos rusos dando vueltas. Esto parecía Texas. El viento te llevaba las chapas que teníamos para vender. Al principio, no teníamos un depósito, hacíamos un tingladito al costado y poníamos las chapas para la venta, paraditas, atadas con alambre, el cemento acopiado a un costado y cuando venia esa tormenta gigante, el cemento se perdía todo y las chapas giraban dentro del patiecito, se ponían de punta y salían para afuera”.
También Susana recuerda la vez en que, a poco tiempo de haber arribado a Rincón, un paisano de la zona le pidió una pala para tapar la puerta y las ventanas con tierra, porque se venía una gran tormenta y todo se inundaba, juntándose más de un metro de agua.
“Lo que más me impactaba de este pueblo dice Susana es que al principio no había nada. Eran unos 300 habitantes y había 13 prostíbulos. También me sorprendieron mucho la cantidad de vuelos que había en el aeropuerto. Siempre había tres o cuatro aviones que trasladaba al personal de las petroleras”, afirma.
Carlos recuerda también cuando se hizo piloto de avión con sólo 15 horas de vuelo. “Hice un curso con un instructor y me preguntó si me animaba a volarlo. Le dije que sí y salimos juntos. Cuando estaba por aterrizar, empiezo a bajar el avión y vino una ráfaga de viento que me sacó por completo de la pista, tuve que acelerar a fondo y pude levantar vuelo de nuevo. Luego aterrizamos normalmente”.
En cuanto al futuro de Rincón, la familia Parada reconoce que la ciudad sigue creciendo pero que ya nada es como antes. “Yo creo dice Carlos que la ciudad ya llegó a su techo y ahí se va a quedar”, concluyó
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